martes, 14 de junio de 2016

Herencias del decrecimiento

Hay alguna gente por ahí a la que le gusta caricaturizar el decrecimiento como esa idea estúpida que pretende hacer lo que ya consigue la crisis en favor de los beneficios capitalistas: reducir el PIB a base de empobrecer a la mayor parte de la población, mientras los recursos se concentran cada vez en menos manos. Son ganas de desviar la atención, así que ni caso.

Un debate más interesante está en la perspectiva científico ecológica del decrecimiento, una posición “de bandera”, que ondea, que se tiene a la vista, pero que es sólo eso: un dibujo en el aire que representa a quiénes navegamos en este barco. Latouche lo expresa de otra manera cuando dice que "decrecimiento" es sólo una palabra obús.

Es evidente que el planeta está ya mostrado sus cartas sin reparo, lo que nos da una oportunidad única para llegar a más gente e intentar conformar la masa crítica que provoque la transformación que necesitamos. Pero no trascender esa oportunidad ecológica nos puede llevar a una transición como la del setenta y ocho, más leyenda que realidad.

Y es que el problema ambiental es una consecuencia del productivismo desaforado, denominador común del capitalismo y el socialismo; y éstos no son más (ni menos) que una herramienta de un sistema cultural determinado al que pusimos el nombre de “Modernidad”, una forma específica de comprensión de la realidad... Y si abordar el problema ambiental sin cuestionar el capitalismo es como tratar con aspirina un tumor cerebral, si no confrontamos la Modernidad, nuestro entramado cultural, ese espacio común en el que productivismo, socialismo y capitalismo cohabitan, difícilmente podremos sumar logros a nuestras reivindicaciones.

sábado, 20 de febrero de 2016

Leña

http://macleinyparker.com/catalogo_MPL008.htmlMe encanta mi bicicleta. Me costó poco para lo que vale y es un regalo si hago cuentas del bonobús. Pero, como cacarea el anuncio, lo que no tiene precio es despertar con el aire fresco de la mañana acariciando mi barba. Diez minutos, ni uno más y, a veces, alguno menos: son únicas la algarabía y el llanto desatado en la puerta del colegio; el pedaleo tenso y atractivo de la madre de cuarenta y pocos que, refugiada en su desigual abrigo de colores, lleva tarde a su pequeño; la sonrisa de una improvisada amiga invisible que cada mañana me sorprende; la mirada curiosa que le roba todos los días mi manillar de mariposa al dueño de una esmerada y lustrosa bicicleta de los cuarenta...

“Leña”, grita el míster y lo señala con el dedo. Tres días en la cama me llevaron a la esquina de la calle Feria, donde el C1 todavía no pasa demasiado lleno, aunque más vale encontrar un buen sitio junto a alguna puerta, que si no, luego hay que andar a codazos para bajarse. El Flaco observa como Macciola se dirige a él con la agilidad de una ardilla. No tenía ánimos para cortesías ni cabeza para ensayos, así que cogí la colección de relatos de José Pedro del estante de los libros pendientes. No es la primera vez que ocurre. Tiene estilo, sí. Hasta consigue que le cojas cariño a un hijo de puta como Vladislav Sporych: ¿quién no es capaz de empatía cuando se invade a alguien sin tapujos, en su desnudez más íntima? Debe ser la crisis de los cuarenta. Y claro, además, con Bizet, Tolstoy, Don Mario (¡vaya dandi facha!) y Gabo apareciendo y desapareciendo de escena, uno no termina de aceptarlo...

lunes, 19 de octubre de 2015

Decrecimiento: el reto de seducir

Imagen cedida por Miguel Brieva
Tanto los partidos tradicionales como las emergentes formaciones políticas de corte institucional obvian la crítica a dos de los mitos más importantes de la cultura occidental: el que afirma que la riqueza puede crearse y el que delega en el Mercado — cual mano invisible— la regulación de las relaciones humanas. En la misma línea, tampoco cuestionan el mantra moderno del crecimiento económico, que nos devuelve a las políticas extractivistas de los años setenta e invisibiliza la economía reproductiva sobre la que se sustenta. A modo de ejemplo, puede citarse el caso de Podemos, cuyo programa económico ignora las reflexiones y propuestas del Manifiesto Última Llamada —que nos alerta de que el crecimiento es ya un «genocidio a cámara lenta»— a pesar de haber sido firmado por sus dirigentes.

Claves para una transformación imprescindible

Las respuestas a los retos que afronta nuestra cultura no vienen de la mano del crecimiento económico ni del clásico debate entre planificación y liberalización, sino que han de buscarse más allá del paradigma de la modernidad.

Necesitamos transformar las bases ideológicas de nuestra cultura desde la simbiodiversidad (1), reconociendo nuestra ecodependencia e interdependencia: asumiendo que nuestra vida es una danza en relación permanente con nuestro entorno y las distintas comunidades vivas, incluida toda la diversidad cultural humana; asimismo, debemos buscar la resiliencia (2), entendida como la capacidad de las comunidades humanas para adaptarse de manera autogestionaria a los cambios e incertidumbres del entorno; y, además, tenemos que recrear la felicidad (3), entendida como la plena participación individual y colectiva en el proceso que permita a una comunidad vivir y realizar sus «necesidades humanas fundamentales». Y aunque estas ideas están ya presentes en algunos movimientos socioecológicos y culturales, no encuentran reflejo ni en entornos progresistas ni a nivel macropolítico.

Un programa político para la transformación

Este nuevo modelo cultural al que necesitamos transitar debe contar con el respaldo de una política comprometida con la vida, que la ponga en el centro, respete su diversidad biológica y cultural y sea coherente con los límites y ritmos del planeta. Las propuestas ecofeministas, las iniciativas de transición, las prácticas de permacultura… son elementos necesarios para esta nueva política, que vendrá de la mano de la capacidad de los grupos humanos para la autogestión.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Sociopraxis para la creatividad social

¡Por fin se ha publicado nuestro libro "Metodologías participativas. Sociopraxis para la cratividad social"!

Tres años han pasado desde que un equipo del CIMAS nos pusimos manos a la obra, y es que, en la borágine del día a día, escribir colectivamente no es fácil: debates, estilos, revisiones, aportaciones, nuevos debates... En su inicio fue un encargo del CIS para su colección de "Cuadernos Metodológicos", pero por el camino decidieron que éste no era el momento de publicarlo, y enseguida DEXTRA se puso manos a la obra.

El texto está dividido en cuatro partes: Fundamentos teóricos y metodológicos, Técnicas y prácticas investigadoras de los procesos participativos, Algunas experiencias y una amplia bibliografía de referencia con la que completar y profundizar en el trabajo que ahora presentamos.

En la línea que caracteriza al CIMAS, esperamos que este libro sea una herramienta útil para todas aquellas personas y colectivos que están involucrados en la comprensión, formulación y resolución de los grandes retos de nuestro tiempo.

viernes, 14 de febrero de 2014

Ni romano, ni apostólico, ni católico, ni cristiano.

Hace mucho tiempo que no tengo relación alguna con la Iglesia, aunque no tanto que decidí romper formalmente mi vínculo con ella.

Y es que más allá de la influencia de la moral católica que la mayoría tenemos impresa en nuestra "genética cultural", su influencia en mi día a día era y es mínima, motivo por el que no me había planteado la apostasía.

No obstante, tres razones me llevaron finalmente a dar el paso; las dos primeras mediadas por mi acercamiento a la antropología, la última por el hartazgo y la necesidad de cierta coherencia personal:
  • Comprender la diferencia entre lo sobrenatural y lo trascendente me llevó a "reducir" definitivamente a dios a una manifestación cultural.
  • Al visualizar la relación entre legitimidad y poder, entendí que la necesidad de influencia de la jerarquía católica tiene como fin mantener sus privilegios más que la defensa de moral alguna.
  • La posición ideológica de la Iglesia católica en la mayor parte de las cuestiones sociales y culturales que me preocupan son, casi siempre, contrarias e incompatibles con las mías.
Así fue que decidí escribir mis argumentos y presentarme con ellos en el Obispado de Cádiz, donde me encontré con dos sorpresas: la primera, que mis razones les eran completamente indiferentes; la segunda, que en apenas unas semanas se había formalizado mi apostasía.

En definitva, es evidente que a la Iglesia, en su soberbia, le importa poco que alguien "se quede o se vaya". No obstante, lo que ahora no pasa de tener un valor simbólico, es un acto de responsabilidad que, con el tiempo y la falta de legitimidad, relegará a la burocracia eclesástica a espacios públicos menos relevantes... ¡Brindo por ello!