Hay alguna gente por ahí a la que le gusta caricaturizar el decrecimiento como esa idea estúpida que pretende hacer lo que ya consigue la crisis en favor de los beneficios capitalistas: reducir el PIB a base de empobrecer a la mayor parte de la población, mientras los recursos se concentran cada vez en menos manos. Son ganas de desviar la atención, así que ni caso.Un debate más interesante está en la perspectiva científico ecológica del decrecimiento, una posición “de bandera”, que ondea, que se tiene a la vista, pero que es sólo eso: un dibujo en el aire que representa a quiénes navegamos en este barco. Latouche lo expresa de otra manera cuando dice que "decrecimiento" es sólo una palabra obús.
Es evidente que el planeta está ya mostrado sus cartas sin reparo, lo que nos da una oportunidad única para llegar a más gente e intentar conformar la masa crítica que provoque la transformación que necesitamos. Pero no trascender esa oportunidad ecológica nos puede llevar a una transición como la del setenta y ocho, más leyenda que realidad.
Y es que el problema ambiental es una consecuencia del productivismo desaforado, denominador común del capitalismo y el socialismo; y éstos no son más (ni menos) que una herramienta de un sistema cultural determinado al que pusimos el nombre de “Modernidad”, una forma específica de comprensión de la realidad... Y si abordar el problema ambiental sin cuestionar el capitalismo es como tratar con aspirina un tumor cerebral, si no confrontamos la Modernidad, nuestro entramado cultural, ese espacio común en el que productivismo, socialismo y capitalismo cohabitan, difícilmente podremos sumar logros a nuestras reivindicaciones.



