Cargando...

sábado, 25 de junio de 2016

La pesadilla de la representación.

Soñar con la libertad.

Desde 1909 España no había vuelto a deber más dinero del que era capaz de generar, pero este año la deuda pública acaba de superar el cien por cien de nuestro Producto Interior Bruto (PIB). Y la manera habitual de reducirla es limitando el déficit fiscal: se disminuyen los egresos (gastos de funcionamiento, adquisición y mantenimiento de bienes y servicios, inversión social y en infraestructuras y transferencias a empresas y personas con necesidades específicas) para que no superen los ingresos. La cuenta parece fácil: si debo más de lo que gano, toca apretarse el cinturón.

Aunque la realidad no es tan sencilla, ya que una parte de esa deuda, aún siendo legal, es ilegítima por no haber sido contraída en aras del interés general, sino para salvar los trastos de una minoría privilegiada y codiciosa de banqueros y empresarios: la deuda pública del estado español en 2007, justo antes de la crisis hipotecaria, era tan sólo del 36%. Los gobiernos que hemos tenido desde entonces apostaron por aumentar la deuda para rescatar a la banca y otras grandes empresas, y devolverlo después reduciendo el gasto, la inversión y la transferencia públicas. En resumen, la ciudadanía paga los desmanes y el enriquecimiento de aquella clase privilegiada por decisión unívoca de sus gobiernos.

En este contexto, parece evidente que la solución pasa por mejorar los ingresos del Estado, lo que ha de hacerse mediante la lucha contra el fraude y una reforma fiscal que apueste porque paguen más impuestos quienes tienen mayores beneficios. Pero eso es sólo considerar el problema como una cuestión económica, obviando que, cuando un sistema privilegia a un sector minoritario de la población perjudicando a otro mayoritario, el problema es, sobre todo, de carácter democrático.

Por todo ello, el gobierno que yo pudiera querer promovería y facilitaría, de manera inmediata y urgente, una auditoría ciudadana de la deuda, mediante la cual se pudiera declarar ilegítima la mayor parte de la deuda contraída desde, al menos, 2007; y hacer responsable de su pago a quienes se beneficiaron de ella. Aunque ello supusiera enfrentarse a las empresas del IBEX 35, la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional.

Soñar con el crecimiento.

El mantra de nuestra economía es el del crecimiento, y el propio PIB su mayor fetiche, parece que si éste no crece, el mundo se acaba; lo cual no deja de ser una paradoja porque, para que el PIB crezca, el mundo tiene que ir agotándose. Esto no ofrece lugar a dudas, ya que la Tierra es un sistema finito y, por tanto, sus recursos son limitados: en general, cuanto más se gaste de algo, menos queda. En este contexto, una economía que necesita devorar cada vez más recursos para lograr su único objetivo, el de seguir creciendo permanentemente, es una economía que, antes o después, agotará incluso los recursos más imprescindibles.

Entre esos recursos hay que destacar, por el trascendental papel que juegan en nuestro estilo de vida, los combustibles fósiles. Sobre ellos están construidos todo nuestro sistema productivo y de transporte, y son la base de buena parte de los químicos, plásticos, medicamentos, detergentes, asfaltos, abonos, pesticidas... que usamos cotidianamente. En particular, la hipótesis más concreta, la del 15/15\15, propone que 15 años después de 2015 dispondremos de un 15% de la energía neta del petróleo.

Pero casi siempre, hablar de la crisis energética es como volver a la Edad Media: entonces la gente creía que una fuerza divina vendría a salvar sus vidas; y hoy, por más argumentos científicos, económicos y sociales que se pongan encima de la mesa, la mayoría sigue creyendo que las grandes empresas serán las que nos salven. Argumentan que esas grandes empresas (las mismas que nos explotan, nos roban y nos envenenan) tienen escondidas un sinfín de patentes (¿desde cuándo tecnología y energía son la misma cosa?) que evitarán que nuestra sociedad caiga (como si no estuviéramos viviendo ya un creciente deterioro).

Así las cosas, el gobierno que yo pudiera querer tendría la valentía de reconocer abiertamente la imposibilidad material del mantra del crecimiento y se comprometería con políticas que facilitaran la transición a una sociedad menos dependiente de los combustibles fósiles, cuyo eje pivotaría sobre el fortalecimiento de comunidades locales, bien articuladas sobre su propio territorio y organizadas en redes globales de carácter igualitario.

Soñar con el Estado de Bienestar.

No es sólo que el estado de Bienestar surgiera como respuesta a una Europa demolida por la Segunda Gran Guerra, ni que de camino sirviera para desactivar las luchas sindicales y sociales del socialismo, que ya se encarga el Estado de legislar e invertir en una vida digna, capitalismo mediante. Es que, en base al Estado de Bienestar, se ha generado un estilo de vida centrado en la producción y consumo de propiedades privadas que responde más al beneficio de unas élites cada vez más pequeñas, que a la satisfacción de necesidades o la felicidad de las personas.

Subsistencia, protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad. Son una propuesta de necesidades humanas. Cómo las satisfaga cada cultura dependerá de sus características identitarias, de las herramientas sociales de que se doten, de las actividades que desarrollen y de su relación con el entorno. Mucho más que de la cantidad de cosas que sus miembros sean capaces de comprar o vender.

Comer productos que han viajado miles de kilómetros, construir armas y muros cada vez más peligrosos, insensibilizarnos ante los problemas del resto del mundo, no ser razonables, delegar todos los asuntos colectivos y públicos, divertirnos y aburrirnos a duras penas, perder todo atisbo de imaginación, no creer más que en nuestro propio ombligo, querer hacer todo lo que nos venga siempre en gana...

El gobierno que yo pudiera querer plantaría cara al capitalismo y a la sociedad de consumo tanto como al desarrollo productivo y tecnológico y se encargaría de que una vida digna no dependiera de ellos; respetaría la diversidad cultural y apostaría por una sociedad autónoma, consciente, solidaria, comprometida y creativa.

La pesadilla de la representación.

Pero el gobierno que yo pudiera querer no es más que una quimera, una confusión en medio de una cultura y una sociedad decadentes, diseñadas por unos pocos ilustrados para otros pocos burgueses y terratenientes, no para una mayoría. ¿Y quién hace que vuele una bicicleta o escriba una cuchara? Cada cosa sirve para lo que está hecha.

De hecho, la gente más optimista se ofusca en el debate de si hay que tomar las instituciones para hacer políticas desde arriba (top-down) que beneficien a aquella mayoría o forzar a las instituciones desde abajo (estrategias bottom-up) a hacerlas. Y mientras debaten la mejor manera de subir por el tubo de descenso de un parque de bomberos, el sistema sigue imparable su marcha. Cada cosa sirve para lo que está hecha.

Así que si queremos un mundo sostenible, igualitario y solidario, y disponer además de herramientas para afrontar el descenso energético, necesitamos abandonar la lógica vertical y hacernos fuertes en la horizontal: autonomía, autogestión, democracia directa, apoyo mutuo, comunalismo, confederalismo...

¡Vámonos, que nos vamos!

martes, 14 de junio de 2016

Herencias del decrecimiento

Hay alguna gente por ahí a la que le gusta caricaturizar el decrecimiento como esa idea estúpida que pretende hacer lo que ya consigue la crisis en favor de los beneficios capitalistas: reducir el PIB a base de empobrecer a la mayor parte de la población, mientras los recursos se concentran cada vez en menos manos. Son ganas de desviar la atención, así que ni caso.

Un debate más interesante está en la perspectiva científico ecológica del decrecimiento, una posición “de bandera”, que ondea, que se tiene a la vista, pero que es sólo eso: un dibujo en el aire que representa a quiénes navegamos en este barco. Latouche lo expresa de otra manera cuando dice que "decrecimiento" es sólo una palabra obús.

Es evidente que el planeta está ya mostrado sus cartas sin reparo, lo que nos da una oportunidad única para llegar a más gente e intentar conformar la masa crítica que provoque la transformación que necesitamos. Pero no trascender esa oportunidad ecológica nos puede llevar a una transición como la del setenta y ocho, más leyenda que realidad.

Y es que el problema ambiental es una consecuencia del productivismo desaforado, denominador común del capitalismo y el socialismo; y éstos no son más (ni menos) que una herramienta de un sistema cultural determinado al que pusimos el nombre de “Modernidad”, una forma específica de comprensión de la realidad... Y si abordar el problema ambiental sin cuestionar el capitalismo es como tratar con aspirina un tumor cerebral, si no confrontamos la Modernidad, nuestro entramado cultural, ese espacio común en el que productivismo, socialismo y capitalismo cohabitan, difícilmente podremos sumar logros a nuestras reivindicaciones.

Pero la cuestión aquí se plantea compleja, porque en cualquier cultura todos los cabos pertenecen al mismo ovillo: tires de donde tires todo entra en juego, todo está interrelacionado. Y, a grandes rasgos, nuestra cultura se autodefine por su idea de progreso, el conocimiento científico y el reconocimiento del individuo; se ha organizado en las instituciones del estado (democráticos o no) y del mercado y ha escondido en el sótano sus aficiones antropo, andro y etnocéntricas. Pero todo ello es parte de una misma cosa, esa que hemos llamado Modernidad: el estado es antropocéntrico e individualista, la ciencia es androcéntrica y capitalista y el progreso es etnocéntrico. O dicho de otra manera: el estado es capitalista y etnocéntrico, el individuo androcéntrico y cientificista, y el progreso es antropocéntrico. O mejor, el estado es el mercado y el mercado es la ciencia y el individuo es progreso y el progreso antropocéntrico... Total, que ¡o todo o nada! No hay forma posible de tirar de un cabo sin vernos obligados a reconsiderar el conjunto del ovillo.

En este sentido, como pasa con el “Buen Vivir”, considerar nuestras tradiciones “ancestrales”, las de los movimientos sociales emancipatorios, puede darnos muchas pistas de hacia donde podemos ir: anarquismo, antimilitarismo, ecologismo y feminismo, con sus logros, errores y derrotas han ido descubriendo y confrontando las perversiones de nuestro modelo cultural. De hecho, yo, si hoy todavía puedo sentirme orgulloso de ser europeo (occidental) es por el recuerdo, el legado y la creatividad de todas esas gentes que abrieron en canal la Modernidad para que podamos parir otro paradigma.

Por suerte, hoy día, una comunidad de cuidados, sostenible, autogestionada y que crea redes de confianza está utilizando ideas del feminismo (comunidad de cuidados), del ecologismo (sostenible), del anarquismo (autogestionada) y del antimilitarismo (redes de confianza). Por suerte porque dicha integración de conceptos le da a esa comunidad una mejor capacidad de respuesta ante las perversiones del sistema; pero no por casualidad, porque -lo sepa o no- nuestra comunidad favorita está bebiendo de nuestras tradiciones emancipadoras. No reconocerlo sería como dejar de honrar a los ancianos y ancianas, a quienes les debemos la vida y nos transmitieron sus saberes; pero aún peor es que nos aboca a no aprender de su experiencia.

Desde esta perspectiva, el decrecimiento es un espacio creativo y exploratorio que ha sabido hacer bandera de las premisas científicas que auguran el drama ambiental pero, sobre todo, es un espacio creativo y exploratorio en el que han confluido aquellas tradiciones y que puede darnos una respuesta emancipatoria integral a un sistema cultural que también lo es.

sábado, 20 de febrero de 2016

Leña

http://macleinyparker.com/catalogo_MPL008.htmlMe encanta mi bicicleta. Me costó poco para lo que vale y es un regalo si hago cuentas del bonobús. Pero, como cacarea el anuncio, lo que no tiene precio es despertar con el aire fresco de la mañana acariciando mi barba. Diez minutos, ni uno más y, a veces, alguno menos: son únicas la algarabía y el llanto desatado en la puerta del colegio; el pedaleo tenso y atractivo de la madre de cuarenta y pocos que, refugiada en su desigual abrigo de colores, lleva tarde a su pequeño; la sonrisa de una improvisada amiga invisible que cada mañana me sorprende; la mirada curiosa que le roba todos los días mi manillar de mariposa al dueño de una esmerada y lustrosa bicicleta de los cuarenta...

“Leña”, grita el míster y lo señala con el dedo. Tres días en la cama me llevaron a la esquina de la calle Feria, donde el C1 todavía no pasa demasiado lleno, aunque más vale encontrar un buen sitio junto a alguna puerta, que si no, luego hay que andar a codazos para bajarse. El Flaco observa como Macciola se dirige a él con la agilidad de una ardilla. No tenía ánimos para cortesías ni cabeza para ensayos, así que cogí la colección de relatos de José Pedro del estante de los libros pendientes. No es la primera vez que ocurre. Tiene estilo, sí. Hasta consigue que le cojas cariño a un hijo de puta como Vladislav Sporych: ¿quién no es capaz de empatía cuando se invade a alguien sin tapujos, en su desnudez más íntima? Debe ser la crisis de los cuarenta. Y claro, además, con Bizet, Tolstoy, Don Mario (¡vaya dandi facha!) y Gabo apareciendo y desapareciendo de escena, uno no termina de aceptarlo...

Como pasa con Caro. Quien sabe qué es olvidar un rostro no podrá evitar llorar de rabia con él. De las olas desbocadas de antaño apenas quedaba la espuma que mancha la orilla. Verdad. Y no tan cierto: es la constante presencia de la marea la que hace tiritar el corazón de vez en cuando... ¿Quién de toda este gente que me acompaña camino de su quehacer cotidiano tendrá ese experiencia? ¿Y quién no será el centro de ella en cualquier momento? El autobús es un mundo en sí mismo, un universo de individualidades que, con frecuencia, parecen un montón de electrones repeliéndose entre sí. Un roce indeseado, una sonrisa forzada, un asiento vacío atrapado y un montón de miradas perdidas en sus pantallas. No había leído dos páginas de “Vidas de protección oficial” cuando la señora que me había dado paso hacia la ventanilla se levantó para ocupar la plaza del pasillo en otra fila que se había quedado libre, pero es que antes de acabar el relato, ya había reptado hasta otro asiento que yacía solitario delante del todo. Y no pude evitar sonreír: ¡ésta es la de la persiana, que se ha obsesionado!

Y hablando de obsesiones, ¿habrá una Georgeta de la vida real? Y en esa malévola visión de la controladora niña del virginal escote, ¿habrá culpabilidad o resentimiento? Porque la creatividad es un don, pero la inspiración, la más de las veces, es observación desfigurada. Le tendré que preguntar entre copa y copa a JP, aunque yo, que en eso de las modas no estoy a la moda, prefiero un ron cola de los de siempre. Por cierto, ¿de verdad cerrarán los profesores con cerrojo la puerta del baño? ¡Qué pícaro!

Creo que nunca lo había visto así pero, ahora que lo leo, es verdad que con la lluvia los objetos de la calle se convierten en metal. Desde mi ventanilla hoy el paisaje lo certifica. Hace días que no tengo fiebre, pero me queda algo de esa insufrible tos que, con la excusa del asma, se me pega al pecho de vez en cuando. Esa tos y este frío de invierno repentino que ha llegado para asomarse a las puertas de la primavera me han venido al dedillo para no coger la bicicleta unos días. Aunque en el fondo no son más que una forma de enmascarar la realidad: que no puedo dejar de leer los relatos. ¡Qué buen descanso de la mente al estresante ritmo esclavo del empleo moderno!

Y qué pena que cuando llegamos a casa, a B y a mí nos pueda el cansancio, no hay riberadelduero ni unmierdadebarrio que valga. Aunque no digo ni desdigo que haya podido haber un Carl Slater o una Margarita en nuestras vidas, pero eso es harina de otro costal y, desde luego, agua pasada no mueve molino. Algún que otro sueño con paisajes, paseos de la mano y lecturas junto a un osado “lo haré, juro que lo haré” nos mantienen en vilo todavía. Y de momento, lo dicho: Leña en el autobús.

Siempre digo -y lo dije antes- que el último tramo requiere de tácticas militares si pretendes bajarte en la parada que te conviene. Eso es así te bajes donde te bajes, como cambiarte de caja en el supermercado o repostar solo en la gasolinera, absurdos necesarios, todo el mundo lo sabe. Pero hoy creo que no es la expresión más adecuada, con la guerra no se juega, y punto. No hay nada más que leer lo que le cuenta Joaquín al niño entre cuchara y cuchara de arroz o la historia de Rudolf en el Baby Yar para sobrecogerte de nuevo con la Guerra Civil y la Segunda Gran Guerra. Sí, la guerra es un feto malparido del diablo. Y JP lo describe con la maestría del mejor carterista: cuando te quieres dar cuenta te ha metido la mano en la chaqueta y te está exprimiendo el corazón. Y si no me crees, a ver si eres capaz de preguntar en el entierro de tu abuela y sin echarte a llorar “¿Cómo están usteeeeeeeeeeeeeeeeeeedeeeeeees?

Desde la esquina de Santa Justa, mientras paso junto al descampado se me agolpan los relatos obviando que la ciudad ruge demasiado. ¿Pasaría A por esa pesadumbre? Desde luego, ella es mujer... ¿Koalas en Andalucía?... Yo también fui, en varios sentidos, como Batalla una vez... ¿Tú me quieres?... ¿Tendrá JP un cuaderno de los primeros?... Ya estoy en la oficina. Otro día. No se me puede olvidar escribir esta noche a José Pedro, tengo que darle las gracias por tan vívidos ratos. ¡Y felicitarle!

sábado, 19 de septiembre de 2015

Sociopraxis para la creatividad social

¡Por fin se ha publicado nuestro libro "Metodologías participativas. Sociopraxis para la cratividad social"!

Tres años han pasado desde que un equipo del CIMAS nos pusimos manos a la obra, y es que, en la borágine del día a día, escribir colectivamente no es fácil: debates, estilos, revisiones, aportaciones, nuevos debates... En su inicio fue un encargo del CIS para su colección de "Cuadernos Metodológicos", pero por el camino decidieron que éste no era el momento de publicarlo, y enseguida DEXTRA se puso manos a la obra.

El texto está dividido en cuatro partes: Fundamentos teóricos y metodológicos, Técnicas y prácticas investigadoras de los procesos participativos, Algunas experiencias y una amplia bibliografía de referencia con la que completar y profundizar en el trabajo que ahora presentamos.

En la línea que caracteriza al CIMAS, esperamos que este libro sea una herramienta útil para todas aquellas personas y colectivos que están involucrados en la comprensión, formulación y resolución de los grandes retos de nuestro tiempo.

viernes, 14 de febrero de 2014

Ni romano, ni apostólico, ni católico, ni cristiano.

Hace mucho tiempo que no tengo relación alguna con la Iglesia, aunque no tanto que decidí romper formalmente mi vínculo con ella.

Y es que más allá de la influencia de la moral católica que la mayoría tenemos impresa en nuestra "genética cultural", su influencia en mi día a día era y es mínima, motivo por el que no me había planteado la apostasía.

No obstante, tres razones me llevaron finalmente a dar el paso; las dos primeras mediadas por mi acercamiento a la antropología, la última por el hartazgo y la necesidad de cierta coherencia personal:
  • Comprender la diferencia entre lo sobrenatural y lo trascendente me llevó a "reducir" definitivamente a dios a una manifestación cultural.
  • Al visualizar la relación entre legitimidad y poder, entendí que la necesidad de influencia de la jerarquía católica tiene como fin mantener sus privilegios más que la defensa de moral alguna.
  • La posición ideológica de la Iglesia católica en la mayor parte de las cuestiones sociales y culturales que me preocupan son, casi siempre, contrarias e incompatibles con las mías.
Así fue que decidí escribir mis argumentos y presentarme con ellos en el Obispado de Cádiz, donde me encontré con dos sorpresas: la primera, que mis razones les eran completamente indiferentes; la segunda, que en apenas unas semanas se había formalizado mi apostasía.

En definitva, es evidente que a la Iglesia, en su soberbia, le importa poco que alguien "se quede o se vaya". No obstante, lo que ahora no pasa de tener un valor simbólico, es un acto de responsabilidad que, con el tiempo y la falta de legitimidad, relegará a la burocracia eclesástica a espacios públicos menos relevantes... ¡Brindo por ello!