sábado, 20 de febrero de 2016

Leña

http://macleinyparker.com/catalogo_MPL008.htmlMe encanta mi bicicleta. Me costó poco para lo que vale y es un regalo si hago cuentas del bonobús. Pero, como cacarea el anuncio, lo que no tiene precio es despertar con el aire fresco de la mañana acariciando mi barba. Diez minutos, ni uno más y, a veces, alguno menos: son únicas la algarabía y el llanto desatado en la puerta del colegio; el pedaleo tenso y atractivo de la madre de cuarenta y pocos que, refugiada en su desigual abrigo de colores, lleva tarde a su pequeño; la sonrisa de una improvisada amiga invisible que cada mañana me sorprende; la mirada curiosa que le roba todos los días mi manillar de mariposa al dueño de una esmerada y lustrosa bicicleta de los cuarenta...

“Leña”, grita el míster y lo señala con el dedo. Tres días en la cama me llevaron a la esquina de la calle Feria, donde el C1 todavía no pasa demasiado lleno, aunque más vale encontrar un buen sitio junto a alguna puerta, que si no, luego hay que andar a codazos para bajarse. El Flaco observa como Macciola se dirige a él con la agilidad de una ardilla. No tenía ánimos para cortesías ni cabeza para ensayos, así que cogí la colección de relatos de José Pedro del estante de los libros pendientes. No es la primera vez que ocurre. Tiene estilo, sí. Hasta consigue que le cojas cariño a un hijo de puta como Vladislav Sporych: ¿quién no es capaz de empatía cuando se invade a alguien sin tapujos, en su desnudez más íntima? Debe ser la crisis de los cuarenta. Y claro, además, con Bizet, Tolstoy, Don Mario (¡vaya dandi facha!) y Gabo apareciendo y desapareciendo de escena, uno no termina de aceptarlo...

Como pasa con Caro. Quien sabe qué es olvidar un rostro no podrá evitar llorar de rabia con él. De las olas desbocadas de antaño apenas quedaba la espuma que mancha la orilla. Verdad. Y no tan cierto: es la constante presencia de la marea la que hace tiritar el corazón de vez en cuando... ¿Quién de toda este gente que me acompaña camino de su quehacer cotidiano tendrá ese experiencia? ¿Y quién no será el centro de ella en cualquier momento? El autobús es un mundo en sí mismo, un universo de individualidades que, con frecuencia, parecen un montón de electrones repeliéndose entre sí. Un roce indeseado, una sonrisa forzada, un asiento vacío atrapado y un montón de miradas perdidas en sus pantallas. No había leído dos páginas de “Vidas de protección oficial” cuando la señora que me había dado paso hacia la ventanilla se levantó para ocupar la plaza del pasillo en otra fila que se había quedado libre, pero es que antes de acabar el relato, ya había reptado hasta otro asiento que yacía solitario delante del todo. Y no pude evitar sonreír: ¡ésta es la de la persiana, que se ha obsesionado!

Y hablando de obsesiones, ¿habrá una Georgeta de la vida real? Y en esa malévola visión de la controladora niña del virginal escote, ¿habrá culpabilidad o resentimiento? Porque la creatividad es un don, pero la inspiración, la más de las veces, es observación desfigurada. Le tendré que preguntar entre copa y copa a JP, aunque yo, que en eso de las modas no estoy a la moda, prefiero un ron cola de los de siempre. Por cierto, ¿de verdad cerrarán los profesores con cerrojo la puerta del baño? ¡Qué pícaro!

Creo que nunca lo había visto así pero, ahora que lo leo, es verdad que con la lluvia los objetos de la calle se convierten en metal. Desde mi ventanilla hoy el paisaje lo certifica. Hace días que no tengo fiebre, pero me queda algo de esa insufrible tos que, con la excusa del asma, se me pega al pecho de vez en cuando. Esa tos y este frío de invierno repentino que ha llegado para asomarse a las puertas de la primavera me han venido al dedillo para no coger la bicicleta unos días. Aunque en el fondo no son más que una forma de enmascarar la realidad: que no puedo dejar de leer los relatos. ¡Qué buen descanso de la mente al estresante ritmo esclavo del empleo moderno!

Y qué pena que cuando llegamos a casa, a B y a mí nos pueda el cansancio, no hay riberadelduero ni unmierdadebarrio que valga. Aunque no digo ni desdigo que haya podido haber un Carl Slater o una Margarita en nuestras vidas, pero eso es harina de otro costal y, desde luego, agua pasada no mueve molino. Algún que otro sueño con paisajes, paseos de la mano y lecturas junto a un osado “lo haré, juro que lo haré” nos mantienen en vilo todavía. Y de momento, lo dicho: Leña en el autobús.

Siempre digo -y lo dije antes- que el último tramo requiere de tácticas militares si pretendes bajarte en la parada que te conviene. Eso es así te bajes donde te bajes, como cambiarte de caja en el supermercado o repostar solo en la gasolinera, absurdos necesarios, todo el mundo lo sabe. Pero hoy creo que no es la expresión más adecuada, con la guerra no se juega, y punto. No hay nada más que leer lo que le cuenta Joaquín al niño entre cuchara y cuchara de arroz o la historia de Rudolf en el Baby Yar para sobrecogerte de nuevo con la Guerra Civil y la Segunda Gran Guerra. Sí, la guerra es un feto malparido del diablo. Y JP lo describe con la maestría del mejor carterista: cuando te quieres dar cuenta te ha metido la mano en la chaqueta y te está exprimiendo el corazón. Y si no me crees, a ver si eres capaz de preguntar en el entierro de tu abuela y sin echarte a llorar “¿Cómo están usteeeeeeeeeeeeeeeeeeedeeeeeees?

Desde la esquina de Santa Justa, mientras paso junto al descampado se me agolpan los relatos obviando que la ciudad ruge demasiado. ¿Pasaría A por esa pesadumbre? Desde luego, ella es mujer... ¿Koalas en Andalucía?... Yo también fui, en varios sentidos, como Batalla una vez... ¿Tú me quieres?... ¿Tendrá JP un cuaderno de los primeros?... Ya estoy en la oficina. Otro día. No se me puede olvidar escribir esta noche a José Pedro, tengo que darle las gracias por tan vívidos ratos. ¡Y felicitarle!

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