martes, 8 de marzo de 2011

Decrecimiento y Mesas de Convergencia: el debate de la izquierda hoy

Quizás por imprudente, quizás por no estar a la altura -dialéctica- del debate, estos días me he visto envuelto en una polémica "de pasillo" por los términos que había usado en la convocatoria de una mesa redonda sobre decrecimiento.

Una de las cuestiones candentes, entiendo que menor pero de necesaria aclaración, hacía referencia al término "izquierda tradicional" que uso habitualmente: con él me refiero a todas aquellas personas, iniciativas, colectivos o movimientos que, comprometidos con la justicia, la igualdad y la defensa de los derechos humanos, aún no han incorporado de manera coherente a sus análisis, a sus discursos ni a sus prácticas, la variable ecológica ni la fórmula participativa. Evidentemente, en el concepto no diferencio entre la socialdemocracia, la izquierda anticapitalista, el arcoiris sindical, el movimiento cristiano de base u otras facciones: todas son tradicionales -según lo expuesto- si no cumplen los criterios ecológicos y participativos.

Y es que se trata de dos cuestiones que, más allá de toda retórica, hoy ya no pueden obviarse: la primera, que el planeta en que vivimos dispone de recursos finitos y que el crecimiento indefinido no es sólo imposible sino que, además, está deteriorando profundamente la calidad de la vida; la segunda, que la historia nos ha demostrado que las iniciativas y organizaciones que se generan desde las élites intelectuales y políticas hacia las bases sociales además de perder la riqueza de la diversidad, acaban derivando, más pronto que tarde y como poco, en actitudes y sistemas despóticos.

Ambas cuestiones son de una importancia sociocultural trascendental porque, si poner veda al crecimiento impone una reconsideración de la actividad productiva y, por lo tanto, también del empleo; una apuesta por la descentralización en la toma de decisiones y la organización social obliga a replantear también las relaciones de poder y el papel del Estado en el juego democrático.

Pero no puede obviarse que tanto el sistema productivo como el Estado son los ejes sobre los que ha pivotado la organización socioeconómica y las luchas sociales en los dos últimos siglos. Y que, en la medida en que aquellos pierden sentido, tendremos que plantearnos compromisos sociopolíticos radicalmente diferentes a los de la izquierda de ese tiempo. Máxime cuando cada día es más claro que la crisis energética nos llevará por el mismo camino: la disminución del tejido productivo y distributivo y el fortalecimiento de lo local.

A mi juicio, se trata de una encrucijada que ofrece a la izquierda una de las perspectivas más interesantes de las últimas décadas, porque la realidad (ecológica, social y energética) está llevando sus discursos “tradicionales” a un callejón sin salida a la vez que le brinda la oportunidad de reinventarse y ser pionera, de nuevo, en la articulación de respuestas a las incertidumbres de nuestro tiempo.

En este sentido, el decrecimiento y su puesta en escena, el “movimiento de transición”, aún incipientes y con limitaciones, presentan reflexiones y prácticas coherentes con lo expuesto en estas líneas y que pueden resumirse en dos de sus lemas: “vivir mejor con menos” y “la mejor forma de predecir nuestro futuro es crearlo”.

En cambio, aún reconociéndo un gran potencial movilizador a las "mesas de convergencia" -lo que no es nada desdeñable-, estoy convencido de que éstas sólo adquirirán pleno sentido si llegan a asumir las dos variables expuestas: que la cuestión ecológica y la consideración de la crisis energética ocupen un lugar destacado en su seno y que quienes las están impulsando faciliten la plena autonomía de las mesas para decidir su sentido, sus reivindicaciones y sus compromisos prácticos, sin perjuicio de su interconexión en red.

El debate de lo que representan ambas inciativas se forja en un paradigma que, si bien no es nuevo, tampoco ha sido suficientemente considerado aún; hecho que lo hace complejo, aunque no por ello prescindible. En cualquier caso, las aportaciones y experiencias de las gentes de la "izquierda tradicional", su capacidad reflexiva y crítica y la fuerza de sus compromisos son fundamentales en la proyección de una alternativa coherente al mundo que nos ha tocado vivir.

4 comentarios:

feministo dijo...

buen texto, me gusta mucho

Loren dijo...

Muy interesante la reflexión, estoy bastante de acuerdo. en la última de las formaciones sobre decremiento a la que asistí salio este mismo tema...creo que hay muchas cosas que hablar sobre ello...

Fernando de la Riva dijo...

Siempre interesante, Moi.
Creo que la izquierda -la tradicional y la otra- está(mos) en medio de una crisis tan profunda como la del propio sistema.
Y creo que el problema tiene más que ver con las actitudes personales, la capacidad de escucha, de aprender de/con otros, de cooperar y trabajar en equipo, etc., (o su ausencia) que con otra cosa.
Los discursos no pueden ser más ruidosos y confusos, a veces carentes de respeto.
Somos parte activa de una sociedad maleducada.
Y nos sorprendemos de que mucha gente pase de política y de izquierda. Llegará a ser, falta poco, cosa de frikis.
Menos mal que, junto al ruido del discurso, aparecen mil pequeñas experiencias concretas, locales, comunitarias, humildes... que demuestran que otro mundo es posible.
De ellas seguiremos aprendiendo.
Un fuerte abrazo

moruro dijo...

Fernando,

suscribo completamente tu comentario. Y coincido especialmente en que es una alegría -y una esperanza- ver la infinidad de pequeñas iniciativas que se hacen grandes por lo que significan.

¡Otro abrazo!

Moisés.